domingo, 4 de enero de 2015

REYES MAGOS (III)





(del PREGÓN DE LA CABALGATA DE REYES MAGOS DEL ATENEO DE SEVILLA, 2003)

Si visitamos el Museo de Bellas Artes hispalense, es posible contemplar obras maestras sobre la Adoración de los Reyes, como una del Maestro de Burgos, del siglo XV; otra, de Juan del Castillo, maestro de Murillo, del siglo XVI, y una tercera del pintor flamenco Cornelis de Vos, del siglo XVII. Igualmente, en el Museo de la Catedral se encuentra una tabla de Alejo Fernández representando el mismo pasaje evangélico. Pero tal vez sea en varios conventos, esos lugares en cuyo emplazamiento se recrea aún más el encuentro íntimo entre Dios y sus adoradores, donde la contemplación de tales piezas artísticas tiene un evocador sentido del culto y del rezo a solas, olvidando por unos momentos el vértigo mundano y la distracción hacia lo material que se produce en la vida cotidiana. Así, en los monasterios de San Leandro, Santa Paula, Santa Isabel o de la Encarnación, aparecen sendas Adoraciones de los Reyes Magos fechadas entre los siglos XVII Y XVIII, ya sea en forma de retablos, relieves o lienzos, conservadas en el tiempo y en la mirada de quienes se acercan a estos recintos buscando su recogida belleza formal, su marco permanente de sencillez atesorada para disfrute de todas las generaciones. La sensibilidad sobre estos ejemplos de la revelación divina debe llevarnos también a compartir su naturaleza plástica con cuanto quisieron demostrarnos aquellos pintores de otros tiempos, cuya grandeza queda enmarcada dentro de los templos conventuales y de sus pequeños museos, no menos extensos en lo concerniente a la calidad de sus contenidos. 

Por otro lado, y como muestra de la variada iconografía que existe también sobre el Niño Jesús, amorosamente resguardada en los monasterios sevillanos, se encuentra una peculiar imagen traída desde Quito, en Ecuador, por la sobrina de Santa Teresa para el convento que fundara en nuestra ciudad, bajo la advocación de San José, esta doctora de la Iglesia. 

Ambos estilos de creación artística inducen a pensar en unos espacios apropiados para su particular admiración, que de no estar dispuestos con excelencia, nos privarían de un disfrute visual en consonancia con los encuadres donde han logrado permanecer a través de los años y de una estética equilibrada. 

                       Oh, mágica presencia
                       de colores en vuelo,
                       Adoración sagrada
                       al aire del museo.
                       Oh, cálida armonía
                       de la pared y el lienzo
                       dibujado, gozoso
                       por la luz del convento.
                       Mural celeste, huella
                       de un místico universo,
                       alzado entre las manos
                       pintoras de otros tiempos.
                       Oh, jugosos perfiles,
                       fervor imaginero
                       para el Niño adorable
                       que sonríe en silencio.
                       Quién supiera rendirse
                       ante tanto misterio.

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