sábado, 3 de enero de 2015

REYES MAGOS (II)





(del PREGÓN DE LA CABALGATA DE REYES MAGOS DEL ATENEO DE SEVILLA, 2003)

Juan Ramón Jiménez, en su obra “Españoles de tres mundos”, describe así a José María Izquierdo: “Tenía algo de ángel anunciador, de estrella anunciadora, maná congregado en forma de hombre por una mano débil de madre andaluza. Echaba luz. Su silueta daba en el sol de oro, en la noche azul, una emanación blanca, tierna..., esencia y templanza visibles...”

El creador de nuestra Cabalgata se nos fue para siempre en el verano de 1922. Estuvo expuesto, según cuenta Romero Murube, “en la sala del patio de su casa de  Santa María la Blanca”. Antes de vivir en esta calle, la antigua Açuayca de la Sinagoga de las Perlas, lo hizo junto a la iglesia de San José. Qué hermosa coincidencia para aquella niña que ahora les habla, porque su recorrido diario hasta el colegio de las Hijas de la Caridad, el desaparecido Protectorado de la Infancia, pasaba por la misma Santa María la Blanca, y las frecuentes visitas que hacía al convento de Madre de Dios, acompañando a su abuela, para acercarse hasta la clausura de una monja allegada, también marcaban su camino por la calle San José. Como decía, qué grata casualidad la de haber combinado los mismos lugares que José María Izquierdo, aun en distintas épocas, pero con idéntico fervor y sentimiento. Para la pregonera, el camino del colegio se aromaba con el olor a pan recién salido del Horno de las Doncellas, y la entrada al locutorio de las Madres Dominicas estaba poseído por la inconfundible alhucema del brasero de la portería. Todavía hoy constituyen sus mejores recuerdos de los días previos a la llegada del Adviento, con lluvias otoñales o reflejos vespertinos de capillas en penumbra, cuando azuleaban los perfiles de las espadañas y era noviembre en la ciudad, en sus tapiales de sagrada desnudez, de verdinas arraigadas y lentas como el descendimiento de las hojas. El tránsito de una estación a otra se reducía a la invisible jornada cuyo escenario cobijaba el espíritu de la niñez por derecho propio. 

            Aquel día feliz que fue mi infancia,
            de alhucema y cristales empañados
            con el vaho invernal, sigue existiendo
            por mi sola ilusión al rescatarlo
            de entre tantos momentos en que siempre
            sucedía la luz como un milagro.
            Mi infancia, reducida a aquel pasaje
            de alhucema e invierno, va buscando
            la exacta nitidez de una memoria
            cuya verdad aún le da la mano.

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